
bajo la luz,
cuando sus manos
aún eran de barro
y calibraba el vértigo
acostado en mi ombligo.
En aquellas tardes de sol
que nunca fueron primaveras.
Le quise
cuando era hombre
sin piedad,
sin motivo,
arrancándome la piel a tiras,
muriendo en cada beso.
Antes
cuando cerrábamos los ojos
y nos dejábamos llevar.
Ahora,
el silencio
hace malabares
en la punta de mi lengua
y se ha quemado la raza,
la fe,
las bragas de mi vecina.
Ahora
ya no le quiero.
Y es que he vendido
nuestra historia
y me he comido la manzana.
La serpiente
forma parte
de mi ajuar de viudedad.